Volviendo al niño interior

Uno de los aspectos que más se escuchan actualmente en las distintas formas de hacer terapia es el del “niño interior”. Este concepto hace referencia por un lado a partes de nuestra personalidad que son más infantiles y que tienen que ver con características propias de la infancia como la curiosidad, la ganancia de autonomía, el ser traviesos, tener espontaneidad,  la energía inagotable que se tiene, pero también a esas partes nuestras que no fueron desarrolladas y hasta nuestra vida adulta nos acompañan y muchas veces nos pasan factura. En este sentido se puede comprender el concepto del niño interior desde un aspecto integrador para nuestra vida, pero también como aquella parte que está herida y necesita atención de nosotros.

En la vida de pareja, por ejemplo, es muy común que las personas regresemos a etapas más tempranas de nuestro desarrollo, esto se llama regresión, porque necesitamos cuidado, cariño y ser atendidos casi con exclusividad, como lo fuímos en un entonces por nuestra madre o cuidador primario. Las relaciones de pareja nos brindan una gran oportunidad para que, en contacto con la persona amada, podamos reconocer facetas nuestras que aún no están desarrolladas o sanadas.

Al hablar de partes nuestras que no han sido integradas podemos mencionar las siguientes: miedo al abandono, dificultad para ser independientes, falta de iniciativa y toma de responsabilidad por nuestras decisiones, delegar responsabilidades, no asumir los retos de la vida adulta, etc... Esto no es de por sí dañino, sino que es una oportunidad para desarrollarnos pero es necesario que tomemos muy en serio todo esto y realicemos un compromiso con nosotros mismos para trabajar estos asuntos que los hemos estado poniedo bajo el tapete durante nuestra vida.

Enfrentar al niño interior puede ser muy duro, sin embargo una vez que se hayan comprendido situaciones de nuestra niñez que se han filtrado en nuestra vida, podremos tener una vida más plena y placentera, ya que ese niño interior lo llevamos con nosotros y en cierto sentido sale en nuestra cotidianidad en muchos aspectos, por ejemplo, si no hemos recibido un aumento de sueldo esperado y estamos decepcionados por ello, puede tener que ver con la falta de reconocimiento que pudimos haber vivido con nuestros padres o familia. Ahora bien el niño interior da vitalidad a nuestro día a día y es por ello sumamente importante que lo sanemos para que esa vitalidad se integre con el adulto que somos y ese niño no nos reclame tal o cual cosa y podamos desarrollarnos y sentirnos libres y congruentes con nuestra existencia.

Para sanar al niño interior nos ayuda mucho el perdón, el perdonar a quien no nos cuido como esperábamos de pequeños, quien talvez nos maltrató, quien no atendió nuestras necesidades, y también el perdonarnos a nosotros mismos para poder seguir adelante. Debemos recordar que en aquel entonces no pudimos hacer nada más que reaccionar de una forma que nos impidió exigir lo que esperábamos y es justamente perdonarnos a nosotros por eso que no supimos pedir en su momento dado. El niño interior tiene una gran fuerza creativa y es impulsivo y si logramos hacer las paces con él, nuestra vida adulta y presente estará llena de muchas experiencias positivas. Como se mencionó en el ejemplo anterior, no podemos creer que nuestra pareja puede suplir esas necesidades infantiles que no estás satisfechas, es prioritario establecer límites, trabajar sobre la propia biografía y no descuidar nuestras relaciones significativas, pues así como podemos amar a alguien, igualmente podemos reclamarle algo que nos falta, pero que tampoco es responsabilidad de esa persona suplir. Y es ahí cuando comienzan los malos entendidos y las decepciones.

Perdonar y perdonarse, aceptar y recibir, cuidar de nuestro niño, hablar con él, permirtir que se desarrolle y sane su dolor, protegerlo es responsabilidad nuestra y en un proceso psicoterapéutico podemos entablar contacto con ese niño que nos reclama, que hace travesuras en nuestras relaciones interpersonales, que tiene miedo al abandono y hace que aceptemos cualquier cosa, que acepta todo porque cree no tener derecho a exigir, pero también que tiene ímpetu y ganas de descubrir el mundo, nuestro mundo. Solamente podemos tener una adultez sana si nuestro niño interior es escuchado, recogido en su necesidad y sanado.